 |
|
 |
BIOLOGÍA MOLECULAR Y CÁNCER: EL PARADIGMA GENÉTICO
[<]
Está claro que, cualquiera que sea la causa inicial,
para que una célula normal se convierta en cancerosa
y transmita a sus descendientes las características
tumorales, el cambio tiene que estar marcado de algún
modo en su material genético. Esto implica que,
si bien los agentes desencadenantes de cáncer
pueden ser múltiples, todos ellos actúan
sobre un sustrato genético común dentro
de la célula. En otras palabras, el material
genético (moléculas de ácidos nucleicos)
es el blanco central de la carcinogénesis. Las
nuevas técnicas de bioingeniería nos han
permitido, en los últimos años, analizar
los componentes del sustrato genético celular
que son alterados en los procesos cancerosos. Posiblemente
el resultado más espectacular de este análisis
ha sido el descubrimiento de una serie de genes implicados
en procesos tumorales, los oncogenes. Con este descubrimiento
fundamental el cáncer ya no se presenta como
una colección de patologías diferentes,
vagamente relacionadas entre si. Por el contrario, el
estudio de los oncogenes y el desarrollo de nuevos conceptos
relacionados con ellos nos permiten hoy por hoy empezar
a vislumbrar ya los mecanismos moleculares íntimos
que son comunes a todos los procesos tumorales.
Llegar al grado de conocimiento actual de los procesos
tumorales, que llevan a que una célula normal
llegue a comportarse como un auténtico patógeno
para el organismo del que procede, ha sido un proceso
lento que ha implicado (a) la confluencia de muchas
áreas separadas, -de hecho independientes hasta
épocas muy recientes-, de investigación
biomédica y (b) el uso de la Biología
Molecular como instrumento analítico esencial
que ha permeado a todas esas distintas áreas.
El descubrimiento de los oncogenes humanos en tres laboratorios
independientes a comienzos de los años ochenta
tuvo un tremendo impacto teórico y actuó
como un revulsivo en todas las áreas de investigación
básica relacionadas con el cáncer. No
solamente cientos de laboratorios en todo el mundo se
sumaron a los tres laboratorios pioneros en la investigación
sobre oncogenes, sino que las nuevas ideas y aproximaciones
experimentales surgidas de estos estudios sirvieron
para fertilizar muchas otras áreas de investigación
no relacionadas previamente. Como consecuencia de esta
explosión de estudios relacionados, observaciones
experimentales procedentes de áreas muy distintas
y separadas de investigación biomédica,
han venido a unificarse dentro de un único contexto
teórico definido por los oncogenes y genes supresores
(Figura 2). Esta integración de distintas áreas
de investigación oncológica nos permite
ya hoy en día crear una teoría de los
oncogenes con la que podemos explicar muchos de los
mecanismos moleculares íntimos de los procesos
cancerosos.
Hay que mencionar también que el análisis
del complejísimo problema del cáncer en
humanos a nivel molecular solo pudo ser atacado en su
inicio mediante la simplificación conceptual
y metodológica aportada por la utilización
de modelos biológicos sencillos (retrovirus,
levaduras, Drosophila, C. elegans, Xenopus, cultivos
celulares, etc.) que facilitaron el estudio de las células
cancerosas y de los mecanismos de control en células
normales. Durante los últimos treinta años
la Biología Molecular ha sido el instrumento
analítico esencial de esos modelos sencillos
que ha llevado a que el paradigma genético del
cáncer —que los tumores surgen como consecuencia
de la acumulación de mutaciones en genes que
controlan la proliferación, diferenciación
o muerte celular— esté ya universalmente
aceptado.
Este paradigma genético (Figura3) indica que,
dependiendo de la función de sus proteínas
producto y de la naturaleza de las alteraciones genéticas
sufridas, los genes implicados en procesos tumorales
pueden agruparse en dos grupos fundamentales: oncogenes
y genes supresores de tumores. Puesto que los productos
codificados por protooncogenes ejercen efectos de control
positivo sobre la proliferación celular, su mutación
oncogénica en tumores les confiere un carácter
dominante desde el punto de vista genético. Es
precisamente este carácter dominante de los oncogenes
identificados lo que facilitó su detección
mediante técnicas de transfección al principio
de los años 80. Los productos de genes supresores
de tumores ejercen una función reguladora negativa
sobre los procesos de proliferación celular,
lo que determina que su mutación en procesos
tumorales les confiera un carácter recesivo.
Esta recesividad hizo más difícil desde
el punto de vista técnico su identificación
y caracterización, lo que explica el retraso
temporal en su caracterización respecto a los
oncogenes dominantes. Haciendo una similitud automovilística,
los protooncogenes se pueden equiparar al acelerador
de la proliferación celular, mientras que los
genes supresores de tumores constituirían los
frenos del mismo proceso de proliferación. Una
única copia mutada del gen acelerador dominante
es capaz de producir el fenotipo tumoral. Por el contrario,
se necesita mutación en las dos copias del gen
recesivo de freno para que se pueda observar el fenotipo
tumoral. Esta clarificación conceptual del cáncer
como resultado de alteraciones del ADN celular es lo
que ha llevado a algunos a definir al cáncer
como una enfermedad genética del ciclo celular,
en la que mutaciones en el material genético
hacen que se activen genes dominantes (oncogenes) o
se inactiven genes recesivos (supresores) que ejercen
una función reguladora del ciclo celular normal.
[>]
|
 |